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HAE PUELLAE
Como un viajero persa cautivo en tierra escita,
más solo entre los bárbaros que Simeón Estilita,
escucho en la azotea de mi casa el llamado
lejano de unos pájaros sobre un cielo dorado
que buscan en los juncos del Nilo su alimento;
oigo hablar de las Cícladas y no sé si es el viento
o pies que huyen dsnudos al sol sobre la arena
entre restos de espuma que el viento desordena.
Son ellas, sin embargo, las mujeres del mar
que en las calles del centro oigo a vces cantar
detrás de las dos Dársenas y de la Costanera,
cuando el invierno arrastra sus trapos por la acera;
las verdaderas dueñas del collar de Teodora,
las eternas sopranos, la familia escultora,
las santas que escribían Xristo en las catacumbas
y adornaban con peces las tapas de las tumbas,
las únicas personas que vivieron en Ur,
las alegres cretenses que no pisan el Sur;
hijas de la memoria con flautas y banderas
que en la noche sin término recorren las praderas
donde los unicornios fornican con leones
y las reinas con bestias de grandes proporciones,
anotando en cuadernos que la sombra pervierte
fragmentos del coloquio del hombre con la muerte;
cariátides sin manos de las quintas latinas,
musas que lame el humo del tiempo entre las ruinas.
Jorge R. Wilcock
Poema tomado del libro Sexto
(Emecé, Buenos Aires, 1999)
envio rui mendes
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